Alguna vez habremos oído a alguien llorar sus desgracias. Vienen con el rostro desesperado, las facciones tensas, los ojos rojos, los labios pálidos y convertidos en una fina línea de autocensura, los hombros caídos, y el cuerpo cansado de soportar los embistes emocionales que la vida les ha deparado. Desgaste.
Entonces, si es alguien a quien jamás en nuestras vidas recordaremos (salvo como una anécdota desgraciada) lo primero que viene al cerebro (vamos, no lo nieguen) es una egoísta frase -se adapta según el caso- ¡Dios! (insertar, los no cristianos, la divinidad del caso) ¿Eso podría pasarme?, ¿Podría pasarle a quiénes me importan?, y listo.
Mientras que la persona al frente se desvive explicando (como modo de liberación) sus angustias, ahi vamos, con una delación interna, que justo por ser individual, es egoísta. Calma, calma, verás como las cosas se solucionan. Claro, y sino, ¿Qué me importa?, total, no me afecta (más allá de advertencia). Pero ahora, ¿Y si, sí me afecta?, pues lo que sigue, la morbosa necesidad de saberse parte de un grupo, me conviene no ser único.
A fin de cuentas, leer una reflexión fresca (no por lo brillante, sino por lo conchuda) hace que nos pongamos a reflexionar sobre ciertas situaciones. Y como a mi no me va la humildad, pienso que el egocentrismo es más problemático (por eso entretenido), pues yo voy al frente, y punto. -punto-
La delación como egoísmo, escondida de quién no se quiera dar cuenta, esperando salir, para hacerte sentir culpable.
Y esta vez, no es una broma.
